Documento redactado muy probablemente todavía en 1941, donde un cargador de la 5./Pz.Rgt.4, el Gefreiter Franz Pirker, relata sus experiencias y las de su tripulación tras haber perdido la conexión con su compañía y haber quedado aislados durante tres días detrás de las líneas soviéticas.

Nota:
En base a las indicaciones del Gefreiter, estos hechos sucederían los días 24., 25. y 26 de Junio de 1941 en algún lugar entre Luzk y Rowno. Si algo puede destacarse de este relato, es sin lugar a dudas el cordial tratamiento ofrecido por la población ucraniana a los soldados alemanes.

 

Franz Pirker, Gefreiter
5./Panzer-Regiment 4



Tres días detrás del frente ruso



Era el segundo día de la descomunal lucha en el Este. Tras un asalto sin precedentes la ciudad de L. había sido tomada. Tras este primer golpe a los soviéticos nos invadió un radiante optimismo. Tras horas de una impaciente espera, llega la orden de reemprender la marcha.

Es mediodía, el sol es implacable y densas nubes de polvo marcan nuestro camino hacia el este. Se escucha el sordo y lejano estruendo de cañones. Las calles están repletas de gente y - aunque parezca increible - nos lanzan flores.

El conductor no para de maldecir, y tiene motivos para ello: el motor no rinde como debiera. El carburador tiene que ser limpiado. El polvo que levantan los carros de combate al pasar se pega a nuestras por el sudor mojadas caras. No podemos permitirnos hacer ninguna pausa, la avería debe ser reparada cuanto antes para poder alcanzar a la compañía, si es posible antes del anochecer. Pero no somos los únicos a los que persigue la mala suerte: el vehículo de mando del estado mayor de la división tambien ha sufrido una avería. Ayudamos a los camaradas y planeamos reemprender la marcha juntos. Sin lugar a dudas nos hemos merecido fumar un cigarrillo. Justo en el momento en el que saco mi encendedor.... "¡Vehículo ruso!". Se dirige directamente hacia nosotros. Desaparecemos en el interior de nuestro carro de combate y la primera granada disparada por nuestro cañón incendia el camión. Tampoco nuestras ametralladoras se mantienen inactivas. Cinco supervivientes se acercan a nosotros con los brazos en alto.

Esta pequeña escaramuza nos hace sospechar. Hace ya unas horas que el regimiento atravesó esta zona, y de repente aquí vuelve a aparecer el enemigo. Pero la situación está a punto de empeorar. Ya no podemos hacer nada a este respecto, estamos aislados de la tropa. Y de nuevo volvemos a escuchar ruido de motores. Estamos preparados para recibir al enemigo, cuando al borde del bosque aparece un vehículo de suministros alemán. Se acerca rapidamente a nosotros y se detiene. Un Feldwebel abandona la cabina y nos explica con la voz entrecortada: "En un bosque a aproximadamente 4 Km de distancia se encuentran carros de combate enemigos. Regresaba con vehículos de munición a mi unidad cuando fuí atacado desde el bosque. Los dos primeros camiones fueron incendiados, yo apenas logré escapar de esa cacería".

¡Perfecto, la cosa se pone fea!

Lentamente y observando en todas direcciones, nos dirigimos a un pueblo que se encuentra frente a nosotros. Entretanto ya ha oscurecido. Puede decirse que tenemos una especial mala suerte: el vehículo de mando sufre una avería en el motor y causa baja definitiva.

Un último intento de establecer contacto con el regimiento por radio resulta infructuoso. Varios conductores de motocicleta y camión, que tambien han perdido la conexión con sus unidades, se unen a nosotros. Se forma así una asociación de combate dispuesta a vender su piel lo más caro posible.

Para la noche son tomadas todas las necesarias medidas de precaución. Hacemos guardia desde la torreta y nos relevamos cada hora. El tiempo en el que no tengo guardia duermo en el asiento del operador de radio. Un terrible sueño me hace sudar por todos los poros de mi piel: "El pueblo entero está en llamas y carros de combate rusos, que en la oscuridad apenas podemos identificar, nos atacan desde todos lados. Logramos destruir algunos de estos monstruos, pero llegan más y más. Finalmente nos ataca la infantería rusa y saquea nuestra cocina de campaña".

¡Preparad el vehículo para el combate! Esto ya no es un sueño, es mi comandante el que lo ordena. Mientras nuestro carro de combate avanza lentamente, cargo el cañón y las ametralladoras. Todavía es oscuro, mi reloj marca las 02:30 horas. Se escucha un disparo y una granada silba sobre la torreta. No dejamos este saludo matutino sin respuesta. A pesar de la oscuridad, tras un corto duelo de fuego el primer carro de combate ruso arde. En el resplandor del fuego identificamos un segundo carro de combate enemigo que corre la misma suerte. Un tercero recibe un impacto en la cadena y deja así de ser una amenaza para nosotros. Un cañón anticarro que se ha aproximado a nosotros para apoyarnos es alcanzado por un impacto directo. Los rusos incendian una choza de paja que se encuentra cerca de nosotros. A la luz resplandeciente de la choza en llamas hubieramos representado un blanco perfecto, sin embargo, el peligro es reconocido inmediatamente y el carro de combate busca protección en la oscuridad. A mi comandante se le ocurrió la buena idea de disparar con la pistola de bengalas en la dirección donde se encontraban los rusos. Con el apoyo de la luz de las bengalas nuestro artillero puede apuntar con precisión y logra grandes éxitos.

Poco a poco empieza a amanecer. Uno de nuestros adversarios aparece desde un jardín y se dirige tozudamente directamente hacia nosotros. Sus granadas zumban muy cerca de nuestra torreta. Por lo que podemos ver, este tipejo ha encajado algunos de nuestros proyectiles ¿Es posible? Cada vez se acerca más a nosotros, y de repente un fuerte golpe. Nos ha embestido. En un primer momento creemos que se trata de un impacto. El conductor pone la marcha atrás y retrocedemos algo. Observamos como el carro de combate enemigo empieza a arder. Abandonamos nuestro vehículo para echar un vistazo. La escotilla del vehículo enemigo se abre y aparece un tipo con calva que nos apunta con su pistola; el hombre tiene mala suerte, pues nosotros tambien hemos desenfundado nuestras pistolas. Entonces nos damos cuenta por qué el carro de combate enemigo nos embistió: un impacto había matado al conductor y el coloso rodó independientemente contra nosotros.

Nuestra alegría se vé empañada cuando constatamos que hemos disparado practicamente la totalidad de nuestra munición y que el indicador de combustible muestra que nos queda muy poca gasolina.

Los acontecimientos se suceden, caballería rusa nos ataca. De un salto nos incorporamos en nuestro carro de combate y nuestras armas obtienen una sangrienta cosecha. La situación empeora: infantería rusa nos ataca por la derecha y la izquierda, desde todas direcciones los bolchevistas intentan alcanzar nuestro carro de combate, algunos lo logran e intentan colocar cargas explosivas. Ha llegado el momento. En un rápido movimiento en zig zag nos deshacemos de estos indeseables visitantes. Los camaradas que se unen a nosotros luchan valientemente pero la superioridad numérica es demasiado grande.

¿Y ahora qué? Decidimos abrirnos paso. Avanzamos a través de la carretera con gás a fondo y disparando con todas las armas. Tras dos ó tres kilómetros a toda veloicidad hemos dejado atrás aquel circo. Allí, en la carretera frente a nosotros, identificamos de nuevo carros de combate rusos con sus tripulaciones desmontadas. Esta afortunada circunstancia nos permite adelantarlos a toda velocidad. Pero la tentación es demasiado grande y les disparamos algunas granadas perforantes. Un cañón anticarro se encuentra posicionado a la izquierda de la carretera; antes de que su dotación pueda reaccionar nuestro carro de combate lo arrolla ¡Otra vez hemos tenido suerte! Y de nuevo aparecen masas de bolchevistas. Algunos de ellos ignoran las reglas de tráfico y lo pagan con su vida. En medio de este torbellino nos encontramos de frente con una batería pesada. Uno de los cañones apunta sobre nosotros: un enorme fogonazo y una potente columna de humo... el disparo se ha quedado corto. Nuestra granada dá en el blanco y el cañón se incendia. Este peligroso tramo tambien lo dejamos atrás. Por si acaso, cargo una de nuestras últimas granadas. Aparecen vehículos de suministro. Un disparo y tres camiones arden. Los conductores y sus acompañantes salen despedidos de las cabinas.

El conductor grita: "¡Una rama frente a mi visor!". A continuación groseras maldiciones. El artillero abre rapidamente su escotilla, abandona el vehículo y aparta la rama. Los proyectiles silban a su alrededor y resulta levemente herido. Estamos totalmente hartos ¿De cuánto combustible disponemos todavía?

Alcanzamos un puente sobre el que se encuentra un vehículo blindado de reconocimiento ruso. Sin dudarlo, lo embestimos y cae del puente ¡Fuera de la carretera! En un campo de maiz nos detenemos para tomar algo de aliento. La chapa de protección de la cadena está destrozada y repleta de orifícios, cerca del visor un impacto, que por suerte no perforó el blindaje. Mientras el comandante y el artillero vigilan la carretera, el conductor y yo tratamos de reparar minimamente el vehículo. Sin embargo, no podemos quedarnos aquí, pues constantemente pasan por la carretera convoyes y en una ocasión a punto estuvimos de ser descubiertos. Cubiertos avanzamos a través de una cañada sobre una colina y alcanzamos un pequeño pueblo. Sus habitantes se acercan vacilantes. Cuando reconocen que somos alemanes, nos saludan cordialmente. Nos dan pan y leche. Aquí tenemos que quedarnos, pues el combustible solo alcanza para unos pocos metros. Movemos el carro de combate hacia una granja y lo cubrimos totalmente con mantas y ramas ¿De dónde conseguir combustible? Vestidos solo con pantalones y camisas de trabajo azules, pero con sus pistolas en el bolsillo, el comandante y el artillero se ponen en marcha a pié. Un fuerte apretón de manos expresa todo lo que sentimos por ellos. Las horas de espera parecen interminables. Finalmente, al anochecer, los dos camaradas regresan, sin combustible y sin esperanzas de poder conseguirlo. Ahora solamente nos queda la esperanza de que proximamente tropas alemanas nos recaten de esta situación. Ciertamente no tenemos que sufrir hambre, pues los aldeanos practicamente nos sobrealimentan. El segundo día finaliza sin éxito. Ahora tenemos que jugarnos todo a una sola carta. La mañana del tercer día, el comandante y el artillero parten con la firme intención de alcanzar nuestra ruta de avance a toda costa.

Por la tarde uno de nuestros anfitriones se acerca a nosotros: "¡Pam, tam germanski soldat!".

Corrí hacia el camino del pueblo y efectivamente, se acercaban tropas alemanas en bicicleta. En un primer momento los camaradas estaban sorprendidos de encontrar aquí soldados alemanes. Les expliqué brevemente nuestra situación y les pregunté por combustible. Por supuesto, se mostraron inmediatamente dispuestos y prometieron conseguirnos combustible hasta el anochecer. Efectivamente, esa misma noche una motocicleta con sidecar nos trajo lo que tanto deseabamos. Poco después, para nuestra gran alegría, llegaron nuestros dos camaradas con dos bidones de combustible. Los dos valientes carristas habían recorrido más de 15 Km a través de pantanos y bosques cada uno cargando un bidón.

Llenos de confianza, tras este exitoso día nos retiramos a descansar, para poder partir a la mañana siguiente hacia nuestra unidad frescos y llenos de energía. Cargados con las provisiones que los aldeanos nos trajeron como regalo de despedida, partimos y alcanzamos nuestra compañía sin contratiempos.

La alegría fué inmensa. Nuestros camaradas enseguida nos rodearon e hicieron mil preguntas. Permanecimos juntos hasta bien entrada la noche.

Aunque tras esta experiencia se sucedieron numerosas batallas y escaramuzas, estos tres días permanecerán en nuestra memória para siempre.





Gefreiter Franz Pirker